Crónicas de un eclipse
Mañana, gafas en ristre, es un día magnífico para disfrutar del juego de sombras cósmicas que nos regala la mecánica celeste
Antes del eclipse de mañana, tanto a la multitud no culta como a los intelectuales preocupados por estudiarlo por medio de las últimas tecnologías, se les une una expectativa igual a la que trajo consigo el eclipse total del 30 de agosto de 1905. Esta fascinación por los fenómenos celestes es tan antigua como la propia humanidad.
En épocas antiguas, sin conocimiento científico, la fascinación se convirtió en temor y superstición. Recuerda el eclipse que sorprendió a los humanos en la batalla en el año 585 a.C., que puso fin a una guerra de cinco años. Aprender a ver un eclipse temeramente no fue algo que dejara de ser una práctica común en la historia. Durante la reinación de Carlomagno en el año 814, los cuatro eclipses de sol que fueron visibles en el Reino Francés entre el 810 y el 813 interpretados como señales amenazadoras de superstición contribuyeron a la muerte de tres de sus hijos en esos dos años.
Así, cuando el 5 de mayo de 840 ocurrió un nuevo eclipse, su hijo Ludovico Pío, quien había sucedido a su padre en el trono, enfermó de miedo y murió unas semanas después.
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